jueves, 22 de julio de 2010

En esta nuestra comunidad

Hoy han intentado echarme de la piscina de una comunidad. Sí, sí, sí. Como lo cuento. ¿Cómo te quedas? Muerta, igual que yo. Claro. Y todo, ¿por qué? ¿Escándalo público? ¿Hacer pipí en la piscina desde el trampolín? ¿Bañarme desnuda? ¿Fumar crack sentada en la piscina infantil? No, ni mucho menos. Todo eso habría sido perdonable frente a mi gran pecado: ¡no identificarme a un vecino! El buen señor, que debe ser la alcahueta de la mancomunidad, no me ha reconocido como vecina y/o propietaria de alguna de las viviendas y me ha preguntado (que no es que le importe, pero le gusta enterarse) quién soy y qué vecino me ha invitado a darme un chapuzón estival. Yo, que, como los buenos periodistas, no revelo mis fuentes y no quería dar el nombre de mi tío (a la sazón, propietario de una vivienda con derecho a uso y disfrute de la piscina), le he dicho al señor que estaba allí honradamente y que no había tenido que forzar la cerradura para entrar, pero que eso era todo lo que necesitaba saber y que mi nombre era superfluo. Ni corto ni perezoso, me ha amenazado con llamar a la Policía. Aquello empezaba a adquirir tintes de tragedia griega, la tensión se cortaba. Pero como soy así de arrojada, le he respondido que no tengo problema alguno en que lo haga y en darle a ellos mi documentación, puesto que ellos sí tienen autoridad para pedirme que me identifique. Lo mejor, la respuesta del ocioso sexagenario: “¿Cómo que yo no tengo autoridad? Soy propietario, pago el recibo todos los meses y el año pasado fui el presidente de la comunidad”.
¡Ahí está! Esta mañana he discutido con Juan Cuesta, en sus buenos tiempos.

1 comentario:

Beatriz dijo...

Cuantos Juanes Cuesta hay en la vida....el mío lleva el lápiz en la oreja y todo y su señora se cree la Michelle Obama de Armilla.....pero siguen siendo unos don nadies.......me hubiera encantado que hubiera llegado la policía y ver la cara de el presidente de esta "su" comunidad!!!